Sistemas Integrados de gestión socioambiental

CONTEXTO
Aunque los sectores extractivos tienen varias décadas de experiencia en gestión socioambiental y las tendencias actuales del mercado están generando mucho conocimiento, el desarrollo de sistemas integrados de gestión socioambiental eficientes sigue enfrentando la barrera crítica de que esta tiende a ser de interés solo en la medida en que permite cumplir con la regulación u obtener fondos. Este sesgo de cumplimiento hace que las empresas se enfoquen no en los componentes operativos y socioambientales gestionados, sino en la multiplicidad de contrapartes de los diferentes ámbitos de la gestión socioambiental. En la práctica, llevan a cabo una gestión reactiva, dispersa y repetitiva, mediante procesos compartimentalizados o fragmentados, sin un enfoque estratégico que permita unificarlos y optimizarlos en torno al logro de impactos reales.
Si bien existen documentos cuya autoridad y vigencia son prioritarios, como las Normas de Desempeño del IFC o del BID, estos son usados desde la perspectiva del cumplimiento, por lo que las empresas se enfocan en lograr los requerimientos mínimos en cada ocasión, pero no aplican sus guías integrales. La dispersión de los propios estándares, manuales, guías y enfoques de gestión social y ambiental entre y al interior de los diferentes sectores, países, corporaciones y aspectos operativos también muestra una inmadurez en la gestión socioambiental. Los diferentes umbrales de cumplimiento, diferente terminología, diferente enfoque metodológico y estructura de gestión, diferente abordaje de los aspectos operativos, etc., hacen que las empresas no logren una visión integral de la gestión socioambiental como un todo, y terminan cediendo ante los compartimientos estancos. Peor aún, en muchas empresas la gestión ambiental y la gestión social están separadas en gerencias aparte, enfocando una en el cumplimiento regulatorio ambiental y la otra en el relacionamiento con actores locales y programas de asistencia social.
Se tiende a pensar, por ejemplo, que como un proceso está en el marco de un estándar, una terminología y una contraparte, entonces no tiene nada que ver con otro proceso que está en el marco de otro estándar, con otra terminología y otra contraparte, por más que los componentes operativos y socioambientales gestionados en ambos casos sean exactamente los mismos o que las acciones y etapas concretas de gestión sean también las mismas.
A esto se suma que la gran mayoría de los especialistas y perfiles que encontramos en las diferentes áreas de la gestión ambiental o social provienen de disciplinas como el derecho, la ingeniería ambiental, la biología, la economía o la sociología, pero en muy pocos casos de las ciencias de la gestión propiamente dichas. De hecho, la gestión socioambiental, en sí, es una ciencia nueva. Estas limitaciones, en muchos casos, no permiten interpretar correctamente los manuales y guías de gestión socioambiental, generando confusiones terminológicas y metodológicas.
Ejemplo de ello es la común confusión en el término riesgo social: las empresas tienden a entender este término únicamente en el sentido interior, como riesgo que la sociedad presenta para la operación, mas no en el sentido que propone la gestión social propiamente dicha, donde el riesgo gestionado es riesgo social en el sentido exterior, entendido como riesgos de la operación para la sociedad. Similarmente, existen múltiples términos y métodos que un especialista de las ciencias ambientales o sociales tradicionales puede malinterpretar si no tiene una formación en ciencias de la gestión, y particularmente en la gestión social como ciencia: impacto, riesgo, parte interesada, compromiso, desempeño, procedimiento, plan, participación, desplazamiento, etc., son solo algunos ejemplos de ello. Estos términos son categorías de las ciencias de la gestión que las ciencias ambientales, el derecho o la economía pueden no comprender a cabalidad.
Ejemplo de ello también es la costumbre de diseñar sistemas de gestión social intuitivamente, haciendo uso de herramientas como la lluvia de ideas o la validación por parte de terceros mal informados o desenfocados, en lugar de métodos científicamente diseñados para lograr los objetivos de una gestión socioambiental integral y eficiente.
En casos extremos de mala gestión, de hecho, algunas empresas tienden a elaborar estrategias y planes de gestión socioambiental sobre la base de prácticas previamente establecidas de manera reactiva, intuitiva y compartimentalizada, en lugar de hacerlo a la inversa o, en todo caso, de adaptar las prácticas en curso a diseños desarrollados metódica e integralmente.
Un entendimiento reactivo y compartimentalizado de la gestión socioambiental hace que esta se acomode a los protagonistas de turno en el ciclo de vida de la operación; y es la razón por la que muchas empresas no pueden demostrar una gestión eficiente mediante la medición de sus impactos socioeconómicos, sino únicamente mostrando los montos invertidos en ello o, a lo sumo, la cantidad de empleos generados.
En última instancia, nos encontramos, pues, con empresas que no llegan a interiorizar que la gestión ambiental debe estar en el marco de la gestión social, dado que los componentes ambientales se gestionan porque tienen valor social, y que es este criterio lo que permite desarrollar una visión plenamente integral de la gestión socioambiental, como una segunda contabilidad paralela a la contabilidad lucrativa de la empresa.
La gestión del valor social por parte de la empresa, es decir, la creación de beneficios o costos para la sociedad —ya sea a través de impactos ambientales que indirectamente repercuten en ella o a través de impactos directamente socioeconómicos, socioculturales y sociopolíticos—, en términos de gobernanza, debe colocarse al mismo nivel que la gestión estratégica tradicional cuyo foco es la creación de valor privado (utilidades para la propia empresa); enfocando la gestión ambiental como uno de los aspectos de la gestión social.
En una visión estratégica e integral, la gobernanza empresarial incorpora la participación de partes interesadas y su valoración de los potenciales impactos socioambientales desde el dimensionamiento inicial del sistema de gestión, dándole a cada una un nivel decisional adecuado a su potencial afectación o incidencia, desde niveles en los que basta con informar, hasta niveles en los que se hace necesario asociarse con las partes interesadas.
Enfocarse en la gestión de los componentes socioambientales como estrategia organizacional es el principal desafío para una gestión socioambiental integrada, que sobrepase y organice la diversidad de enfoques, lenguajes, intereses, estándares y metodologías.
Más aún, una correcta incorporación de la participación de las partes interesadas en la gobernanza organizacional permite que la gestión socioambiental no solo sea menos costosa, sino que también obtenga un enfoque que contribuya con la productividad, en lugar de mantenerse en una posición de obstáculo para ella.
Desde este enfoque, el objetivo es que las partes interesadas no sean solo contrapartes en la gestión de recursos comunes, sino capital social en el logro de los propósitos y la visión de la empresa.